En torno al siglo V o VI de nuestra era, un monje irlandés llamado Brendan, se embarcó con unos cuantos monjes más de su abadía y a través del Atlántico norte llego a las costas de Norteamérica, quinientos años antes que los vikingos y mil antes que los españoles. La peculiaridad de este viaje es que se hizo en un barco con estructura de madera pero forrado de cuero de buey.
A mediados de la séptima década del siglo XX, el Autor se preguntó si ese viaje que viene recogido por el propio monje en un libro, pudo ser real o es obra de la imaginación. Así que se puso a estudiar todo lo que encontró sobre ese viaje. Visitó las costas occidentales de Irlanda donde aún se construyen barcas de aquella manera y se propuso emular el viaje.
Para realizar el barco, de unos 10 metros de eslora por 2.5 de manga, habló con carpinteros de ribera, guarnicioneros, curtidores, cordeleros e implicó a multitud de instituciones que se implicaron en el proyecto.
Tres años después el barco zarpaba de Irlanda con rumbo norte. Bordeo las costas occidentales de Escocia y enfiló al norte hacia las islas Feroe. Desde allí se dirigieron a Islandia donde interrumpieron la navegación por acercarse el invierno y hacer muy peligrosa la navegación.
A la primavera siguiente se embarcaron de nuevo hacia el oeste y unos cincuenta días más tarde y, tras tener calmas, hielos y densas nieblas llegaron a la isla de Pecford.
El Autor se siente orgulloso de que los irlandeses llegaran los primeros a Norteamérica y demuestra que se puede atravesar el Atlántico con una nave de ese tipo. También que ese viaje no fue la excepción y que los monjes irlandeses deambularon por el Atlántico norte durante toda la Edad Media fundando monasterios y viviendo en lugares apartados tanto de las Feroe, como Islandia.
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